Juana vs el instituto: conclusión

-Es un tanto extraño tenerte fuera de la base. La luz matutina te sienta bien.

-¿Qué?

El sonido del rotor de la hélice no dejaba escuchar nada de lo que ninguno de los dos decía. Así que Martínez se quedo sonriendo hacia el cielo, creyendo que el piropo había funcionado. Sandra, sin embargo, lo miraba intentando que le hiciese caso y respondiese a la pregunta. Martínez miró hacia abajo, escrutando el azul del océano. Debía estar allí. Tenía que estarlo. Sandra tenía una tablet en su mano. Por ella discurrían números que significaban coordenadas o probabilidades en universos paralelos. Intentar definir el mundo con números era una acotación que Martínez no comprendía. Él prefería mirar. Así que estaban suspendidos sobre aquel océano, cerca del acantilado de la ciudad. Martínez estaba exhausto por el trabajo que tenía encima últimamente. No le habían perdonado que mandase a Juana sola contra el monstruo. Pero Martínez sabía que mandase a quien mandase, morirían sin remedio. Juana había funcionado más como sacrificio que como salvación. Después de todo, ella era la única que se atrevería a enfrentarse a algo así sin dudar ni un ápice. Y había una pequeña oportunidad de que saliese viva. Ahora estaban aferrados a esa posibilidad buscándola.

Habían peinado la zona poco después del Incidente, como lo habían llamado, usando términos rimbombantes y peliculeros. Les gustaba mucho eso de asemejarse al cine. Lo único que encontraron fue una vasta expansión de terreno congelado y un reguero de arboles caídos que les conducían… al acantilado. Fuera de eso, no había nada. Encontraron una camiseta desgarrada y unos zapatos que supusieron de Juana, pues el Otro tenía tan solo cuatro dedos en sus pies y, por las huellas encontradas, debería pesar quinientos quilos. Y la camiseta era una talla mediana. El informe explicaba que una fuerza paranormal había surgido de la tierra, una mujer omega se había enfrentado a ella y la única forma de derrotarla fue el suicidio de algún modo. Y el modo más plausible era ahogándola. Se podría decir que la operación había salido bien. Una entidad sobrehumana había sido vencida y eso era todo lo que contaba. Después, lo que el instituto esperaba era otra cosa.

Ellos querían a Juana. Era una de los pocos especímenes válida para casos de tal magnitud. Su pérdida era de una negligencia tal que si Martínez no estaba ya en la calle tan solo fue por la intervención oportuna de Sandra. Hacía unos días escasos se había notificado un suceso extraño en la costa, justo donde Juana se había dado por perdida. El cadáver de diversos peces había aparecido en la playa. Un pescador juraba que su barco se había derretido. Otro había visto diversas zonas donde el agua entraba en ebullición sin motivo aparente. Al principio se consideró simas abisales no vistas antes, volcanes subacuáticos, cualquier cosa razonable y natural. Cuando todo aquello parecía lejos de la realidad, Sandra había anunciado que aquello era asunto suyo.

El copiloto golpeó a Martínez y le indicó que se pusiese unos auriculares. Tenían un micrófono incorporado. De repente, lo oyó todo claro. Oyó sus propios pensamientos y pudo comunicarse con el piloto y con Sandra, que también se había puesto unos auriculares similares. No sabía porque no se los habían dado antes.

-Aquí no hay nada. -dijo el piloto.

-Pero hemos registrado unas lecturas muy jodidas…

-¿En serio, Sandra? Te han contratado porque eres la mejor en lo tuyo, sea lo que sea lo tuyo, y solo describes las “lecturas” como “jodidas”.

-Es que eran muy jodidas. Martínez, esto te viene grande.

En ese instante un pequeño geiser emergió del agua. El piloto hizo una brusca maniobra para esquivarlo. Martínez casi se cae del helicóptero. El geiser siguió el movimiento del helicóptero, pero no llegó a alcanzarlo. Parecía tener vida propia.

-Eso estuvo cerca. ¿Tiene algo que ver con tus lecturas jodidas?

-Puede ser. Desde luego aquí nunca se ha visto un geiser y que aparezca uno así, tan de repente… Pues es extraño.

-Magnifico, una de las palabras que define mi trabajo.

Martínez saltó del helicóptero, ante el asombro de los demás. Sandra se mantuvo impávida.

-Lo hace todo el rato.

Esperaba que un frío y punzante dolor con el agua. No era invierno, pero el océano se mantiene frío todo el año. Sin embargo, fue un abrazo agradable. El agua lo envolvió. Era caliente. Por un momento creyó estar dentro de una placenta. Pero lo que a él le envolvía, al resto de los seres los estaba matando. Vio en el fondo del mar una mancha negruzca que no hacía más que expandirse. Le pareció que podría respirar sin problemas. No lo intentó. Tan solo nadó hacia el corazón de la inmensidad oscura.

Allí estaba un pequeño cuerpo, agazapado en el fondo. Parecía dormido, se había olvidado de su propia existencia. Martínez llegó hasta ella. Y ella lo vio. Abrió los ojos, gritó, un chorro de agua lo expulsó hasta la superficie, hasta la cima del acantilado. Fue todo demasiado rápido como para saber qué había pasado. Se levantó mareado, queriendo vomitar. Delante de él estaba Juana, tirada en la hierba. Tosió un poco e intentó hablar.

-No digas nada, vamos.

-¿Olvidarás… que… me has visto desnuda?

-Tranquila, he visto cosas peores.

-¿Vamos a casa?

-No. No puedo.

-¿Por qué?

-Juana, ha pasado un año. Estás oficialmente muerta. Vendrás al instituto. Hay más gente como tú. Ya verás. No podemos desaprovechar tus dones. Eres una mujer Omega.

-Oh, bueno. Puede estar bien. Siempre he querido unas pequeñas vacaciones.

-No será lo que esperas.

JUANA POSTMORTEN

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Juana vs el instituto: parte quinta

A Martínez lo despertó la sed que tenía. La boca llena de arena. La lengua pesaba una tonelada. Notó antes la rozadura de las cuerdas en pies y manos que el dolor punzante en la parte alta de la nuca. Aun sentía las piernas, menos mal. Aquel golpe podía dejar parapléjico a un oso pardo. Por eso necesitaban a Juana. Aquel golpe no era normal para una muchacha así. Abrió los ojos, pero todo lo que vio ya lo había visto con los ojos cerrados. Oscuridad total. Sin embargo, podía notar a alguien enfrente de él. ¿Sería Juana? Oyó la respiración, tranquila. Intento desatarse, pero era inútil. Intento hablar, pero tenía una mordaza, así que todo lo que salió de su boca fue una serie de sonidos sin sentido alguno. Estaba desorientado, pero no podía permitir que los nervios le pudiesen. Era capaz de desatarse, con tiempo. Cerró los ojos para concentrarse.

-¿Qué haces aquí?

Martínez levantó la cabeza, intentando mirar a Juana, que le hablaba. Emitió un par de sonidos sin sentido. Pudo oír un pequeño “oh” de sorpresa de Juana. Evidentemente se había olvidado de que tenía aquel trapo en la boca. Se acercó un poco, así lo notó Martínez, y una mano de Juana se arrastró por su rostro, palpándolo hasta encontrar la venda que tenía en la boca y arrebatándosela, dejándolo respirar con tranquilidad. Martínez cogió una bocanada de aire, sorprendido por lo suave de las manos de Juana.

-Te necesito.

-¿Quién eres?

-Ya te lo he dicho.

-¿Quien te envía?

-También te lo dije.

-No

-¿No?

Juana se calló. Se dio cuenta de que la conversación no iba a ningún lado. Tan solo estaba buscando algo de tiempo. Martínez intentaba no hacer ruido mientras se libraba de las cuerdas. Creía que aquello llevaría mucho tiempo. Pero Juana parecía ser paciente. El tiempo era lo de menos en aquella negociación sobre la información. Se oyó un golpe detrás de Martínez. Jorge asomó la cabeza. Juana estaba recostada sobre el inodoro. Se irguió automáticamente. Jorge saludó tímidamente.

– ¿Puedo pasar? Necesito utilizar el servicio.

– Joder Jorge, ¿no puedes esperar un rato?

– Es que… Cuando la naturaleza llama…

– ¡Pues meas en el fregadero!

Jorge cerró la puerta mosqueado. A Martínez le pudo el desconcierto. Juana se levantó en medio de la penumbra y encendió una luz. El baño era pequeño y azul. Juana volvió a sentarse en el váter. Suspiró. Miró a Martínez a los ojos. Lo atravesó. Estaba ahí. Quizá lo veía. Quizá no. Juana abrió la boca. Buscaba palabras, pero no le salían. Dudaba. Era raro, Juana nunca dudaba. Siempre hay una primera vez para todo. Abrió más la boca. Y tan solo soltó una blasfemia contra algún dios. Se levantó y se dirigió hacia la puerta que estaba detrás de Martínez. Para llegar a ella tuvo que pegarse entre la pared y la silla. Pasó de puntillas. Abrió la puerta, desapareció y la cerró. Curiosamente, Martínez captó un extraño olor dulce. Sonrió pensando que Juana, pese a todo, se echaba perfume.

Fuera había jaleo, pero no podía entendía nada de lo que sucedía. Seguramente era Juana echando la bronca a sus compañeros de piso (¿Se llamaban Jorge y Héctor?). Martínez notó como una de las cuerdas se aflojaba. Dio un pequeño tirón más y ya tenía las manos libres. Ahora le faltaban los pies. Rebuscó a su alrededor algo que pudiese ayudarle a cortarlas. Pero estaba a oscuras y palpar en busca de algo puntiagudo no era una idea genial. Deshizo el nudo como buenamente pudo, siguiendo un instinto marinero que tenía de forma innata. Finalmente lo consiguió.

Abrió levemente la puerta, adaptándose a la luz del exterior (¿Cuánto tiempo ha pasado?). No había moros en la costa. Sacó medio cuerpo hacia fuera. Jorge lo vio y se acercó rápidamente a él, casi de un salto.

– Oye, puedo pasar.

– Supongo que sí. Bueno, creo que yo ya he acabado aquí.

– Pues Juana no piensa igual. Aunque Juana siempre tiene estas cosas, ¿sabes? Una vez llegó llena de barro y tierra y…

– ¿No tenías que ir al baño?

– ¡Oh! Sí, sí. Llevas toda la tarde ahí dentro y yo tengo la vejiga muy pequeña.

Martínez terminó de salir del baño. Acto seguido Jorge metió su cuerpo por completo. Martínez se preguntó qué hacer ahora. No tuvo tiempo para tomar una decisión cuando una patada bien calibrada a su gemelo le tumbó en el suelo. Por poco le rompe un hueso. En el suelo vio que su atacante era, obviamente, Juana. Lo miraba inquisitivamente. No estaba sorprendida. Ya habría supuesto que tarde o temprano él saldría de allí. Y lo estaba esperando. Héctor apareció por la puerta de la cocina, con un delantal.

– ¿Pero qué haces Juana?

– Se ha escapado del baño, es necesario retenerlo hasta que nos diga la verdad.

– Joder Juana, si mancha algo yo no lo limpio.

Volvió a la cocina, murmurando algo sobre sus tareas en la casa y cómo si fuese por sus compañeros ahora vivirían en una pocilga. Juana se puso en cuclillas mientras seguía observando a Martínez. Casi parecía hacerle la autopsia. Podía adivinar en su mirada que ya tenía claro donde asestarle los próximos cuatro golpes en caso de que él se revolviese. Así que se quedo muy quieto, con las palmas de las manos hacia fuera.

– No voy a hacer te daño, ¿vale?

– Vale. ¿Quién eres?

– Martínez.

– El nombre en clave ya lo sé. ¿Cuál es tu verdadero nombre?

– Ese. Es mi apellido. Si quieres te doy mi nombre de pila, pero es horroroso. Mis padres no me querían mucho.

– ¿Y qué haces aquí? ¿Qué quieres de mí? ¿Por qué me salvaste del tipo aquel?

– Te necesitamos. Digamos que somos un… instituto. Para gente especial como tú. Investigamos cosas especiales, como las que tú haces. Hay más como tú ahí fuera, Juana. Personas que no comprenden cómo o por qué se meten en ciertos líos y entonces vamos nosotros, les sacamos de esos líos, les damos clases para aprender a lidiar con ellos y luego trabajo. Es una cosa bastante normal, dentro de lo que cabe. Quizá la palabra “normal” no defina esta situación. Eres jodidamente fuerte. Casi me rompes una pierna. ¿De verdad crees que nadie se interesaría por ti?

– No. Yo no soy nadie. No le intereso a nadie.

– Suena a amenaza. Pero da igual. Vengo a avisarte. Y a pedirte un favor. No es una amenaza, lo mío. Ni una advertencia. Supón que soy vidente y veo el futuro. En el Instituto vemos el futuro con maquinas muy avanzadas que lo fliparías. Tenemos cosas que hacen “bip” todo el rato. Es para morir de jaqueca allá abajo. Siglo XXI y la tecnología sigue haciendo bip.

– ¿Qué quieres de mi?

– Verás, cada vez que tu montas un… numerito, digamos, nosotros lo registramos. Suele ser después siempre, claro. Sucede, tú lo complicas todo y nosotros vamos a limpiar todo lo que has ensuciado. Sin embargo, lo que ahora se avecina es tan grande que lo hemos detectado antes. No sé si lo comprendes Juana, pero es tan grande que ha atravesado el tiempo. Hacia atrás.

– ¿Qué quiere decir eso?

– No se puede viajar hacia atrás en el tiempo.

– Yo lo he hecho.

– Creo que ha quedado bastante claro que tú eres una excepción en las leyes de la física.

– ¿Y qué tengo que hacer? No digo que lo vaya a hacer pero…

– Debes cazar a un… ser del inframundo.

Juana vs el instituto: parte cuarta

Pequeñas ramas le azotaban en la cara, como látigos que la marcaban. Así es como llevaba unos días sintiéndose, marcada para el sacrifico. Aquello no hacía más que exteriorizar sus sentimientos al respecto. No era el mejor momento para sentir lástima por sí misma, mientras corría por aquellos bosques que tanto le aterrorizaban de noche. De hecho, ni tiempo para tener miedo al bosque tenía. Los zombies se habían abalanzado sobre ella una vez, por aquella zona, pero era un mal menor en comparación de su perseguidor. Notaba el frío en la nuca. A su paso el verde se congelaba. No lo veía, pero podía percibirlo en sus huesos. Le había tocado una mano, por un estúpido descuido, y ahora tenía medio dedo congelado. No podía moverlo, mucho menos sentirlo. Tampoco había tiempo para el dedo. O para su falta de zapatos o camiseta. Tenía que llevarlo hasta el acantilado. El acantilado por el cual defenestro a un zombie creyéndolo un turista sobón borracho. Allí tan solo debía arrojar a la bestia y se acabaría su tarea. Quizá para siempre. Eso le habían prometido al menos. Un último esfuerzo. Un empujón en el borde, en el momento exacto. Adiós a todos sus problemas.

Lo había visto de reojo. No había tenido tiempo para estudiar en un sentido entomológico, claro. Se abrió pasó hasta la superficie con sus garra, tan grandes como el dedo congelado de Juana. Y ya antes de que saliese al exterior Juana había notado el pequeño temblor y el grave descenso de la temperatura. Venía desde el mismísimo infierno. Y el puto estaba helado. Su pelaje blanco lo recubría, por completo, lleno de barro y una baba verde que podía ser suya o señal de que acaba de salir del vientre materno. Sus también blanco, a juego con todo su ser, pero daba la sensación de ser ciego. Parecía un orangután gigante. Encorvado, sus brazos llegaban hasta el suelo y le ayudaban a correr más deprisa. Los colmillos le sobresalían desde el labio inferior. Poco más percibió Juana antes de que le persiguiese.

Estaba marcada, claro. Por eso la persiguió. La pudo oler ya desde kilómetros bajo tierra. O quizá solo la vio, ahí parada, tiritando del frío que él mismo producía. Y fue entonces cuando advirtió que habían nacido el uno para el otro. Con años de diferencia. El podía tener centenares o tan solo un par. Quizá Juana era la más mayor en aquella pareja de baile. Daba igual, porque uno era el cazador y otro la presa. Pero, por pequeña que pareciese, Juana era el cazador. Aquella bestia solo era un ser de inframundo, como muchos otros, arrastrado a la superficie por una humana a la que ansiaba matar. En ese inframundo puede que esto se considerase una prueba de virilidad o madurez. A lo mejor la bestia era una hembra, como Juana. Probablemente tuviese hijos, una familia, en el inframundo. Tal vez Juana no necesitaba nada de eso y lo mejor era morir a manos de un ser tan admirable y mortal. Mucho mejor que una estúpida enfermedad. Morir por gripe. Mejor morir por desgarramiento intestinal provocado por un bicho venido del centro de la Tierra.

Juana también se sentía atraída por el monstruo. ¿Cómo no iba a estarlo? Después de todo, se había enfrentado a zombies, brujas milenarias, maniacos sexuales y, lo que es peor, exnovios. Esto era algo más. Algo trascendental. Si no acababa con él, él podría acabar con todo rastro de vida. Pero era mortal. Era mortal y lo sabía. Porque allí, en medio del paramo, dónde ella lo esperaba, la miró y eso le devolvió la mirada. Una mirada de rabia, de ira, de miedo. Ellos tienen más miedo de ti que tú de ellos, le habían dicho en el zoo respecto a toda clase de animales. Y este parecía ser un animal más. Puede que tuviese una fuerza sobrehumana entre otras muchas habilidades que Juana desconocía. No tenía ganas de descubrirlas. Pero seguramente si le golpeases en el cogote, justo en ese punto tan sensible que todo ser viviente tiene, se lo podría cargar.

Juana huyó de él nada más verle, pero él fue más rápido. Saltó sobre ella, desgarrándole la camiseta con sus largas uñas nacarinas y, de paso, le rozó medio dedo. El dedo que ahora estaba congelado. Juana pego un pequeño salto hacia delante y rodó en una voltereta, mientras el ser se quedaba un tanto confuso comprendiendo que Juana no era una simple mortal más que se podría comer sin luchar. No se iba quedar quieta gritando. Pero tampoco tenía un plan pensado para algo que fue definido como “cosa del inframundo que arrasará con toda la vida en la tierra si se lo propone”. Así que su idea, lo que siempre hacia cuando necesitaba tiempo para pensar, era correr. Se quitó los zapatos en el aire, golpeando un pie contra otro, y voló.

Ahora, notaba el borde del acantilado cerca. Había pasado bastante tiempo allí tirada, en aquella explanada que anticipaba el fin de la tierra, la nada. Quizá tirar por allí al monstruo era una buena idea. Que se hunda en las profundidades y desentenderse de él. O a lo mejor aquello no era suficiente. Lo oí rugir a su espalda, mientras arrancaba arboles de cuajo. Tenía que intentarlo, ya que el terreno estaba a su favor.

Llegó a la explanada del acantilado. Una suave brisa le azotaba el pelo. La suave brisa también traía gritos y bufidos de desesperación. Apareció entonces, de entre los árboles, el bicho aquel. Se miraron durante un instante. Juana intento pensar alguna frase ingeniosa para soltarle. Quizá fuese un ser inteligente pese a todo y entendiese su idioma y apreciase un enemigo ingenioso. Pero la presión le pudo y nada se le ocurrió. Así que el bicho, cansado de esperar, arremetió contra ella. Su cuerpo de orangután gigante albino se marcó con pequeñas venas. Sus músculos se tensaron. Entonces cargó contra Juana.

Juana contó hasta tres y se hizo al lado, con otra extraña voltereta que ahora parecía dominar a la perfección. El monstruo se paró justo en el borde, furioso. Se dio la vuelta y encaró a Juana. Esta ya se había incorporado. Sin pensarlo, saltó sobre el ser aquel y le agarró del cuello. Sus manos no podían cubrirlo por completo, pero apretó donde debía estar la traquea.  Y entonces notó el frío. La recorría desde los pies, subiéndole por el cuerpo, aletargando sus músculos, sus ideas. Cada vez apretaba más fuerte y notaba menos las manos. El ser se movía alelado, hacia los lados. Nadie le había agarrado así antes. Aquello era una afrenta gravísima. Juana notaba como el frío dejaba paso al hielo. Se congelaba. El monstruo terminó por tambalearse en el precipicio y cayó. Juana cayó con él, congelados ambos como un solo ser. Se precipitaron en el océano. Juana cogió aire antes de ahogarse. Y se hundieron ambos, hasta las profundidades.

Juana vs el Instituto: parte tercera

Juana entró en casa como un vendaval, ni cerró la puerta ni se molestó en saludar a la vecina que se había encontrado en las escaleras bajando a los dos perros iguales entre ellos y a ella. Se dirigió al fregadero y abrió el grifo. Notaba como su garganta se agrietaba por la sequedad de la boca. Ni el sueño, ni el hambre le dolían tanto como la sed. Agarrotando la garganta. Impidiéndole hablar. Metió la boca bajo el chorro de agua fría, luego la nuca y finalmente dejo caer por completo la cabeza. La habían intentado secuestrar. Guardo ese pensamiento en la cabeza. Secuestrada. No era la primera vez, ni sería la última, pero parecía la más real. Un tío en un coche. Un tío con un arma. Un tío que acababa de matar a otro tío la metió en su coche inconsciente y se la llevaba sabe dios a dónde, tierra adentro, hacía… la tierra. Había sido secuestrada en los sótanos de la universidad, bajo tierra, en un extraño avión a mil kilómetros de altura… pero nunca en un sucio coche, por la noche, en una carretera secundaria. Nunca había tenido que correr por su vida atravesando un descampado. Nunca había sentido… el puro horror. La noche que había encontrado al puto bastardo que mataba a adolescentes por excitación se encuentra con que ella se había convertido en otra adolescente más… Y eso le aterraba de sobremanera. Ser una más y no la protagonista de la amenaza.

Un sonido ahogado le llegó de fondo. Algo así como su nombre. Sí, parecía su nombre. Cerró el grifo. Dejó que el agua acabase de chorrear por su cabeza y pelo. Ahora tenía frío. Se irguió. El agua se escurrió por su ropa, mojándola. Notó como se le pegaba. Jorge estaba de pie detrás de ella. Le preguntó si estaba bien. Juana asintió, exhausta.  Le mintió diciéndole que tenía sed. Jorge asintió, afirmando que él también se levantaba con sed a veces por la noche. Juana preguntó qué hora era. Jorge dijo que las once de la mañana.

-¿Por qué? Tienes un reloj ahí. Sabes que siempre está ese reloj para mirar la hora.

-Ya, ya. Pero no me acordaba de él. Tengo demasiado sueño.

-Esta noche no dormiste aquí, ¿verdad?

-Esta noche no dormí. Me voy a cama. Buenas noches Jorge.

-Buenos días Juana.

Juana salió de la cocina dejando a Jorge descalzo y en pijama, con una taza en la mano. Se metió en cama. Intentó dormir. Cerró los ojos.

Dos horas después abrió los ojos sin haber dormido ni un ápice. Con cada gruñido de los muelles de la cama se alteraba, la piel de gallina, al tanto por si pudiese ocurrir cualquier ataque. Le molestaba el calor, pero a continuación sentía frío. No podía seguir así. Se levantó e intento mirar la hora en el móvil, pero este estaba apagado, como siempre, en su mesilla. Se le olvidaba continuamente en casa. A oscuras no tenía forma de saber la hora que era. Ni reloj en la muñeca ni reloj en la pared. De repente, la oscuridad la asfixiaba. Saltó hacia la puerta y la abrió de un golpe. Fuera había voces. Jorge y Héctor se reían al unísono. Pero había otra voz más. Casi la reconoció al instante, pero un mecanismo en su cerebro no le permitía completar la tarea. Se acercó sigilosamente al salón. Héctor y Jorge seguían riéndose y de espaldas el desconocido. Juana vio esa nuca, esa nuca que reconocía.

-… ¿Y qué hizo el tío? Pues intento disparar. ¡Pero no tenía balas! Así que solo un chasquido y… ¡Finito! Salté sobre él y de un mordisco le arranqué una oreja.

Se rió. Jorge y Héctor incrementaron sus alaridos mientras negaban con la cabeza. No se podían creer la historia que el hombre contaba.  Jorge vio a Juana e intentó llamarla para que se acercase, pero no podía de la risa. Tan solo consiguió ahogarse más. Juana se acercó. Era un ninja. Era un gato. Era un zorro. Era muchas cosas. Pero por un momento tan solo fue un golpe certero en la base del cráneo que dejó a Martínez inconsciente en el suelo de su piso e hizo ceder las risas de sus compañeros. Pegaron un respingo en el sofá. Miraron a Juana, desconcertados. Juana, enfurecida, comprobaba que el cuerpo estuviese bien inconsciente. La interrogaron con la mirada cuando está volvió en sí.

-¿Qué?

-¿Por qué le has hecho eso? –Preguntó Héctor, algo dolido.- Tan solo quería comprobar unas cosas. Te pasas la noche fuera, llegas y metes la cabeza en el fregadero. Estábamos preocupados.

-No te enrolles. ¿Qué quería comprobar?

-Por lo visto han encontrado al tipo que mató a Sara y quería saber qué habías hecho la noche anterior, porque…

-Ya, vale. Pues ahora tengo hambre así que ya me ocuparé de él más tarde.

-¿Y lo vas a dejar ahí tirado?

-No, no. Atadlo a una silla o algo. ¿No habíais conseguido unos créditos para la universidad haciendo un curso de navegación náutica? Pues empleadlo en algo.

Juana se fue del salón. Héctor y Jorge estaban aun desconcertados, sin saber qué hacer. Pero se levantaron y cogieron un par de cuerdas.